jueves, 29 de mayo de 2014

Escrito en la espalda de un árbol


 


No recuerdo si el árbol daba frutos
o sombra,
sólo sé que dio pájaros.

Que era el centro del patio
y de la infancia.

Que en la madera fácil
tallé tu nombre encima
de un corazón flechado.

Y no recuerdo más:
tanto subió tu nombre con el árbol
que pudiste escaparte
en la primera cosecha que dio pájaros.

Miguel Méndez Camacho

*Imagen tomada de internet.



       

martes, 15 de abril de 2014

Estirpe



Somos (lo he dicho muchas veces)
un amasijo de pesadumbres
traídas de nuestra estirpe.

Puedo sentir  la inquietud de mi abuelo
caminado lejos de la tierra labrada,
la muerte en el lodo del tío mayor, 
huyendo de la caída que lo alcanzó
la incertidumbre post-mortem de la abuela 
por sus hijos ahora huérfanos.

Me aqueja el frío y  la vejez de mis manos  
empieza a notarse
tengo marcas de guerra sin haber ido al reclutamiento
siento el desarraigo y no he pasado una noche fuera de casa
y entiendo entonces que la desesperación se hereda 
                                                                   con la luz del nacimiento.



Johanna Rozo
*Fotografía tomada de internet

domingo, 23 de marzo de 2014

Escena final


he dejado la puerta entreabierta
soy un animal que no se resigna a morir

la eternidad es la oscura bisagra que cede
un pequeño ruido en la noche de la carne

soy la isla que avanza sostenida por la muerte
o una ciudad ferozmente cercada por la vida

o tal vez no soy nada
sólo el insomnio y la brillante indiferencia de los astros

desierto destino
inexorable el sol de los vivos se levanta
reconozco esa puerta
no hay otra

hielo primaveral
y una espina de sangre
en el ojo de la rosa

Blanca Varela

*Imagen tomada de internet.

martes, 4 de marzo de 2014

Siempre dormí muy mal


I

Siempre dormí muy mal.
Después de muerto, 
seguro seguiré durmiendo mal.
Seré un mal muerto.
Un muerto fatigado.
Nada me preocupa de la muerte,
excepto esta certeza
de que voy a seguir durmiendo mal.

Flóbert Zapata Arias.


Imagen: Grabado. Manuel Domínguez Guerra


miércoles, 5 de febrero de 2014

Tierra

 
 
Muchacha, montaña mía, ahora que el viento es el camino,
donde el polvo de la casa que sostiene mis huesos se entrega a
su paso, y cualquier voz es agua para mis ojos, ignoro el real motivo de estas palabras:
 
Ya ves, te lo dije un día y lo repito en su noche: no soy más
que un árbol en el bosque de la intemperie. De tanto esperarte
he terminado por ser uno más de ellos, quienes han sido los
únicos que han recibido mi cansada paciencia entre su aire.
 
Mírame muchacha, ya el gesto de mi abrazo ha hecho
ramas de mis manos. Tengo cubierto el cuerpo de parásitas y
llevo sobre mi espalda los cabellos crecidos de insectos y con aroma de orín. Mientras te hablo llegan  a mí los pájaros que
han construido su nido en mi voz con las pajas secas de mis venas.
 
Si me ves así, no te asustes; las marcas talladas en mi
vientre son un viejo juego de la infancia: he visto cómo un
niño ciego escribe el nombre de su padre en mi piel y luego
lo apuñala hasta el cansancio. Ya sabes, tengo tallado su
rostro que cicatriza  sobre el mío.
 
Muchacha, cuánto más habré de esperar, sepultado por las
hojas que a mis pies se descomponen,  para reconciliar mis
cenizas. Si vienes, qué feliz me harías; daríamos una caminata -juntos y solos-desafiando a la fauna del cielo. Aunque
mis pasos enterrados en la hierba no se muevan, y
contradigan mi deseo, conozco el mundo desde abajo, porque adentro corre un río puro de aguas que se odian. Ya ves, 
crezco boca abajo y muero boca arriba. Con mis ramas me
abrazo al camino.
 
Muchacha, montaña mía, soy un árbol perdido en el
bosque de la intemperie. Ven para que ahuyentes al perro de lenguaje que desentierra mis huesos. Aleja sus fauces de mi
vientre, de mi garganta su verde lengua, echa puñados de
tierra para que se apaguen de mí sus ojos.
 
No temas si al llamar no respondo, si nadie te asiste bajo la llameante ceguera del sueño: es la escritura; el extravío en lo hallado.
Muchacha, cuerpo mío, donde ascendía en la noche a
contemplar la consumación del cielo en el temor de sus criaturas.
 
Muchacha, montaña mía, ven porque atrás quedaron las palabras.
 
Felipe García Quintero
*Fotografía tomada de internet.
 

miércoles, 22 de enero de 2014

Fábricas del amor


Y construí tu rostro.
Con adivinaciones del amor, construía tu rostro
en los lejanos patios de la infancia.
Albañil con vergüenza,
yo me oculté del mundo para tallar tu imagen,
para darte la voz,
para poner la dulzura en tu saliva. 
Cuántas veces temblé
apenas si cubierto por la luz del verano
mientras te describía por mi sangre.
Pura mía,
estás hecha de cuántas estaciones
y tu gracia desciende como cuántos crepúsculos.
Cuántas de mis jornadas inventaron tus manos.
Qué infinito de besos contra la soledad
hunde tus pasos en el polvo.
Yo te oficié, te recité por los caminos,
escribí todos tus nombres al fondo de mi sombra,
te hice un sitio en mi lecho,
te amé, estela invisible, noche a noche,
Así fue que cantaron los silencios.
Años y años trabajé para hacerte
antes oír un sonido de tu alma.

Juan Gelman.

*Fotografía tomada de: http://www.esculturasbronce.com/biografia/


martes, 3 de diciembre de 2013

Trenes

Para El Guardagujas de Juan José Arreola





1
Una estación que ve llegar 
trenes rojos
trayendo como único pasajero
la noche;
un día el sueño se cumple:
llega el tren rojo,
se baja la noche,
y se instala para siempre
en la estación del olvido.

2
Los trenes que siempre han pasado
silenciosos, vacíos,
y en su última ventanilla
un niño muerto 
dibujándome un adiós
con su mano triste.

3
O el tren perdido,
el que nunca regresó
y tampoco llegó a su destino;
dicen que ahora es un fantasma;
a veces aparecen sus huellas
en los sembrados.

4
Los trenes deseados,
los que nunca humearán;
alguna vez nos despertará
su estrepitosa presencia
ante el asombro de la Muerte.

5
El tren transparente,
repleto de hermosa gente transparente;
ahora pasa cada nueve lunas
ante el estupor de los aldeanos,
pero nadie lo comenta
por temor a que los crean locos.

6
El guardagujas perverso;
el que enredó los hilos metálicos
e instauró el Caos.

7
El maquinista de sueños
que añora su oficio
en la última estación.
Cómo anhela que los rieles
vayan más allá de su memoria.

8
El vendedor de boletos
que una tarde
vino a comprarse a sí mismo
un boleto sin regreso.

9
El tren de los dioses.
Pasa solo una vez.
Alguien se baja, gira la aguja,
borra la memoria de los hombres
y todo vuelve a empezar de la Nada.

10
El pregonero de rutas
que jamás ha subido a un tren.

11
El tren que sueña con ser tren;
cada vagón una pesadilla
y su único pasajero yo mismo;
una vez se bajó y vino
a tomar el café conmigo;
desde entonces compartimos
la misma tumba.

12
El tren de los cuerdos.
El que sí pasa puntual todos los días;
el que regresa con mercancías
y pasajeros nuevos;
hoy ha llegado con un cargamento
de ataúdes importados, veinte
prostitutas vestidas de monjas
y cien cerdos blancos y hermosos;
ese tren nunca lo espero,
sin embargo, es el único maldito
que me humilla con su presencia.

Hernán Vargascarreño
*Fotografía tomada de internet.